Malditos bastardos
Parto de mi definición particular del fútbol profesional para desarrollar este
planteamiento. La repito: “El fútbol profesional es juego deportivo que
provoca un espectáculo con el que muchos hacen negocio”. También repito que
están justificados los cuatro conceptos de mi definición: juego, deporte,
espectáculo y negocio. Los cuatro han de tener cabida para que el fútbol
profesional siga vivo. Pero no debemos olvidar que todo gira alrededor del
juego y del enfrentamiento deportivo, que son el origen del espectáculo. A
partir de ahí, el negocio se justifica porque estamos en un ámbito
profesional. Pero ahora
los negociantes se aprovechan del impacto social que genera el espectáculo
futbolístico para montar sus particulares mercados. Jugadores,
entrenadores y técnicos perciben los salarios correspondientes a su legítimo
trabajo; pero muy alejados del campo de entrenamiento y del terreno de juego
pululan muchos especuladores que utilizan el fútbol para lucrarse
desmesuradamente a nivel económico o político o empresarial o social.
Lo grave es que el negocio está devorando al juego, al deporte y al
espectáculo. Hay muchas actividades y actuaciones que lo certifican: giras
empresariales por países lejanos en pretemporada para jugar muchos partidos
amistosos exóticos, gran intercambio de jugadores entre equipos a modo de
subasta hasta después de haberse jugado el primer partido de liga, segundo
intercambio de jugadores al finalizar la primera vuelta en el coloquialmente
llamado mercado de invierno, calendarios cargadísimos de partidos que estrujan
a los futbolistas, cadenas de televisión que compran el fútbol para sus
intereses de programación provocando incoherencia en los horarios,
espectáculos irracionales alrededor de cada partido para que muchos se
diviertan más con la parafernalia que con el juego, alocados debates
futbolísticos televisivos que en realidad son debates bochornosos que nada
tienen que ver con el fútbol, equipos filiales que desvirtúan la competición.
Son algunos ejemplos de situaciones muy perjudiciales para el juego, el
deporte y el espectáculo.
Pero existen actividades mucho peores: directivos que fichan jugadores con
determinados representantes para repartirse el pastel, contrataciones de
entrenadores simplemente porque han sido jugadores famosos, directores
deportivos que solo actúan como bufones para mantenerse en el puesto, árbitros
que cometen fallos premeditados para objetivos pactados, directivos de la
Federación y de la Liga de Fútbol Profesional que arruinan el fútbol al tiempo
que se enriquecen desde sus poltronas futbolísticas, responsables arbitrales
que no quieren aplicar medios técnicos en la aplicación del reglamento para
ostentar el poder que les otorgan sus propios errores, cesiones de jugadores
entre equipos de la misma categoría con el añadido de que los cedidos no
jueguen contra los equipos que los cedieron, partidos finales de campeonato
donde el equipo que no se juega nada deja de competir para que gane el equipo
que se juega mucho, errores arbitrales premeditados en los partidos finales de
liga para salvar a un equipo en perjuicio de otro (repásese la última jornada
en Primera División de la liga española recientemente finalizada). Tomando el
título de una película de Quentin Tarantino, los protagonistas de estos hechos
me parecen malditos bastardos. No aplicando el primer significado de bastardos,
sino otro que también se atribuye a este término: “Persona que actúa de
forma innoble”.