Mercado de verano
En
el ámbito del fútbol profesional está justificado el componente de negocio. Se
realizan actividades comerciales, se prestan servicios, se firman contratos,
se intercambian gestiones empresariales. Lógico, es un mundo profesional que
requiere de ello. Lo malo es que, como llevo denunciando muchos años, el
componente de negocio está creciendo desmesuradamente y en muchos casos de
forma injustificada. Se producen actuaciones que están en los límites de
legalidad y la ética. En muchos casos se superan esos límites. El resultado es
que este negocio tan desmesurado está devorando cada vez con más fuerza a los
componentes de juego, deporte y espectáculo, que son los tres pilares sobre lo
que se asienta todo lo demás. Si acabamos con ellos podemos acabar con todo el
desarrollo del fútbol profesional y con su seguimiento por parte de los, hasta
ahora, aficionados. Muchas son las prácticas fuera del terreno de juego que
atentan contra el fútbol, dentro de ellas están los llamados mercados de
verano y de invierno, basados en un trasiego de futbolistas entre los clubes
al tiempo que se están desarrollando cada una de las competiciones.
En los
últimos días del pasado mes de agosto y los primeros de este mes de septiembre
hemos asistido al “mercado de verano” de esta temporada. Como siempre, se ha
producido un gran cambio de cromos que implica grandes daños colaterales. Una
de sus consecuencias negativas es que en cada pretemporada los entrenadores
desarrollan el entrenamiento con un grupo de jugadores distinto al que luego
tendrán en la competición. Cada entrenador entrena durante al pretemporada a
futbolistas que luego serán alineados en equipos rivales. Además se produce la
irracionalidad de que algunos futbolistas juegan en las dos primeras jornadas
con un equipo y después juegan contra ese equipo en el que comenzaron
(cuestión que se agrava mucho más con la llegada del “mercado de invierno”
tras el término de la primera vuelta de la competición liguera). Lo lógico y
ajustado a la claridad de la competición es que las plantillas se cerrasen
antes del comienzo de cada pretemporada y ya no se produjesen cambios de
jugadores en cada competición anual.
En el
inicio de cada temporada hay muchos equipos de la Liga de Fútbol Profesional
con graves problemas en sus plantillas porque tienen futbolistas fichados “a
bombo y platillo” la temporada anterior, con contratos de altísimas
remuneraciones y bastantes años de vigencia, y se estima que ya no interesan.
Muchos futbolistas también se encuentran con problemas ante esto porque se le
quiere echar del equipo. En muchos casos les apartan de los entrenamientos y
les aplican ciertas medidas dictatoriales, ilegales e inmorales, para
forzarles a que se vayan casi sin cobrar lo que en su día se firmó. Cada año
todos hablan de proyectos a largo plazo y cada año esos proyectos se tiran a
la basura. Todo esto se produce porque la mayoría de los clubes (prácticamente
todos) carecen de una estructura eficaz y estable en el tiempo que implante
unos criterios futbolísticos en el equipo. Tarea que debería ser
responsabilidad de un director deportivo con altos conocimientos del juego,
del análisis de futbolistas, del mercado y de la metodología de entrenamiento.
El
verdadero director deportivo tiene que ser capaz de desarrollar con eficacia
las siguientes cinco tareas: formar una plantilla competitiva en el campo y
rentable en el mercado, crear un modelo de juego consistente y estable como
sello futbolístico del club, implantar las directrices de plantilla y
metodológicas para que el equipo juegue bien y compita mejor, establecer un
rendimiento eficaz y, por último, instaurar una metodología adecuada para la
formación de los futbolistas de los equipos de la base. No se trata de
inmiscuirse en la labor específica del entrenador pero, en estrecha relación
con éste, ha de implantarse en el club una identidad futbolística propia y un
modelo de juego que se afiance en el tiempo. El entrenador tendrá plena
autoridad para el desarrollo de los entrenamientos y para la planificación
táctica de cada partido, pero debe aceptar los criterios técnicos fijados por
la dirección deportiva. Si no se hace esto, cada temporada significará un
cambio de cromos en forma de futbolistas, un incesante trasiego en manos de
los representantes y bajo los subjetivos criterios del director deportivo de
turno y del entrenador de turno. Casi siempre bajo los mandatos del presidente
que se mete a técnico para realizar acuerdos de conveniencia particular con
los agentes de los jugadores.